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Adolescencias, amor y sexualidad
Lic. Alejandra Borla
 

Tres enigmas en un título podría ser una provocación a la lectura, si fuera el caso de que estas palabras cayeran en una “red” de lectores curiosos.

Y es que la curiosidad tiene algo que ver con atreverse a avanzar por zonas que no son familiares, por una cierta disposición a lo nuevo, afrontando el hecho de que, al menos para esas tres cuestiones, no hay una respuesta acabada, un saber definitivo que permita arreglárselas con ellas sin tropiezos.

No todos responden de igual manera ante el enigma que representa, para todos, el amor, la sexualidad y las adolescencias, la propia y la de los otros, los hijos. Las adolescencias de los jóvenes también son las nuestras, porque exigen nuestra transformación para poder entender su drama subjetivo; es decir, requieren de un medio maleable para su transitar. Con la adolescencia “lo familiar se vuelve extraño”, y tanto para los padres como para los hijos aplica el viejo chiste: cuando creí tener todas las respuestas…me cambiaron las preguntas!

Sabemos que ante algo que aparece como enigmático cada época construye las respuestas que puedan tranquilizar y ordenar lo inquietante, de modo tal que con discursos se van creando realidades  que tienen consecuencias en los modos de hacer lazo con los otros. Así planteado, las adolescencias en su carácter enigmático, se presentan como un síntoma de la sociedad, antes que como un destino inapelable.

¿Por qué “adolescencias”, en plural? Porque no hay modos únicos de responder a lo que se intenta ordenar por medio de los ideales en cada época –y eso incluye los ideales acerca del amor y la sexualidad, ideales ofrecidos ya sea para seguirlos o contradecirlos.  Todo intento de uniformizar, de instalar un modo único de bien vivir sólo puede producir efectos de segregación y la proliferación de modos de resistencia a eso (multiplicación geométrica de síntomas).

El modo como cada adolescente habrá de resolver el proceso de separación de su lugar como “hijo de” –lugar familiar que le dio cierta estabilidad como presentación ante el mundo- y la construcción de un lugar propio en el conjunto social representa, más allá de un crisis “biológica”, una crisis del deseo. Deseo que siempre está referido a  nuestro lugar en el Otro (social, parental, sexual) y que se presenta bajo la forma angustiante del “¿Qué me quieres”?

Las respuestas que el llamado adolescente pueda elaborar ante esto que se presenta como enigma son variadas y unas más o menos atinadas que otras. Puede ser que el encuentro con el otro quede sustituido por el uso de sustancias que nada piden y siempre están a disposición (consumos de todo tipo), por el rechazo (anorexia), por el pasaje al acto (conductas de riesgo, fugas, violencia) o el cuestionamiento al intento de estandarizar la particular manera de afrontar el saber sobre la sexualidad (fracaso escolar). Pero también nos encontramos con el recurso a la invención y la creación para bordear ese vacío que surge y darle formas artísticas y creativas (teatro, música, danza). La escritura sigue siendo uno de los recursos privilegiados en sus diversas expresiones: letras musicales, poesías, diarios, relatos y por qué no, los grafittis con que circulan los mensajes para el Otro social.

El grupo de pares empuja a lograr una identidad bajo la cual el adolescente deberá hacerse cargo de una posición en lo social abandonando el discurso de los padres, sin que haya modelos consistentes para acompañarlo en este tránsito. La pertenencia a determinados grupos, tribu o pandillas los conecta a sus iguales y les procura un estilo de vida, una manera de estar en el mundo y sobre todo de habitar su cuerpo. Pero también trae con ello la fijeza de una identidad (ser diferentes) que a veces refuerza el efecto de desconexión y aislamiento que encontramos en algunos adolescentes dificultando el encuentro con “lo otro”, lo extraño, lo diferente.

Los ritos de pasaje que sostenían este encuentro (fiesta de 15 en las mujeres y de los 18 en los varones, cena de fin de año y viaje  en la secundaria) han ido precipitándose en el momento (anticipación del rito en el E.G.B.), o desapareciendo (reemplazadas por el viaje al exterior, la laptop o la carencia de medios económicos con que afrontar la espectacularidad que han alcanzado esos festejos donde la protagonista no es la adolescente en cuestión, sino la fastuosidad de la fiesta en sí).

Nuestra época se caracteriza por dos improntas: la urgencia (que sea ya) y la tensión entre el aislamiento y la soledad.

El encuentro con el otro sexo también recibe la impronta de este tiempo de la prisa: el famoso touch and go no requiere de preliminares ni el apoyo del cortejo de la palabra de amor (que ya no cotiza en el mercado). La seducción es inmediata y sólo recurre a los cuerpos y su oferta: las marcas de sus piercings y tatuajes, o el “erotismo” de  algunos atributos (músculos, senos) son el capital que reporta utilidad inmediata. Los que no están a la altura de esta oferta quedan excluidos del mercado o inician el circuito de una carrera desenfrenada, sin límite posible, para el “armado” de un cuerpo o la anestesia del tóxico.

Es así que hoy nos encontramos con maneras, estilos de transitar la adolescencia que lejos están de las “pequeñas transgresiones” con que se intentaba hace un par de décadas atrás escapar a la regulación de ese despertar al encuentro con el Otro.

Las palabras provenientes del mundo adulto que hasta la pubertad orientaban este encuentro, pierden significación y surge la necesidad de inventar nuevos modos de nombrar estos acontecimientos. De ahí la jerga adolescente a veces nueva, y a veces resignificando viejas palabras usadas por generaciones anteriores. Y es que siempre faltan palabras que puedan nombrar la urgencia del cuerpo y la perplejidad ante las nuevas relaciones con los pares.

 

¿Cómo proporcionar una orientación que sea una brújula más que como protocolo fijo?

En la actualidad, es un lugar común decir que hay “falta de autoridad” y que por eso hay problemas con los adolescentes y niños de hoy. Los tiempos moralizadores que vivimos abundan en esta línea y las supuestas soluciones que se ofrecen  hacen resonar el eco de retornos autoritarios.

Si no se trata de autoritarismo ni de dejar hacer. Entonces ¿de qué se trata?, ¿qué es lo verdaderamente auténtico de la autoridad?

No es lo mismo obedecer por temor al castigo que dejarse orientar. El término “orientación” hace referencia a determinar la posición o dirección de algo respecto a un punto cardinal. Se trata de una orientación en relación al punto cardinal del sujeto adolescente y no del autoritarismo del castigo. El núcleo mismo de la autoridad no está en el poder sino en el deseo puesto en juego. Los niños y jóvenes de hoy -que se orientan más por el objeto, que buscan las respuestas en Internet-, saben reconocer que la única garantía de la autoridad es el deseo orientado a la vida. ¿Cómo podría un profesor transmitir un deseo por lo que enseña si no estuviera él mismo apasionado por esas cuestiones?

Se puede lograr que un adolescente obedezca, pero esto no es lo mismo que el consentimiento. La autoridad no es ni persuasión ni violencia, se diferencia tanto de la coacción por la fuerza como de la persuasión por argumentos. Tampoco es igualitaria, sino jerárquica, por lo que el recurso a la igualdad empleado por algunos padres y educadores sólo puede conducir al fracaso. Para la autoridad, como para el sexo y el amor, nunca es posible la igualdad; aceptarlo tranquiliza y atenúa la emergencia de la agresividad.

En psicoanálisis autoridad es equivalente a responsabilidad ante el acto, entendiendo como acto, aquello que surge desde lo más íntimo del sujeto, de una urgencia propia de bienestar. Convocar entonces al adolescente a responder por sus actos sin el amparo de la socialización de la culpa (la época, la clase social, los amigos que “influyen”); es decir, sin desconocer la elección que está en juego a la hora de decidir por el rasgo al cual identificarse, el grupo del cual formar parte o el modo elegido para provocar… un llamado al ejercicio en acto de la autoridad.

Una autoridad que sólo podrá distinguirse del autoritarismo del poder y el castigo si está sostenida en la invención de respuestas creadas para ese sujeto, en esa ocasión, y no en la expectativa o la decepción que surge del intento de  encasillarlos en el molde de los propios ideales, a veces truncos.

No hay nada peor para un adolescente que ser dejado caer. En nuestro trabajo recibimos con frecuencia la demanda de padres que no saben cómo hacer con sus hijos, como comunicarse con ellos, o que no pueden “poner límites” a una conducta “perturbadora” (fracaso escolar, violencia en la escuela, la comunidad o el ámbito familiar; riesgo de adicciones y promiscuidad) Es posible escuchar detrás de este pedido, la demanda a que nos hagamos cargo de sus hijos adolescentes. Algo similar ocurre con el llamado a la judicialización.

El primer don que recibe un hijo es la palabra. Palabra lleva la carga de la aceptación o el rechazo, vehículo de un deseo de sus padres que puede o no coincidir con el amor. A veces la incomodidad de hablar con los hijos tiene que ver con la propia incomodidad con las elecciones realizadas para responder al encuentro con el Otro; otras veces, el ideal de perfección respecto a la función que deben desempeñar como padres (nostalgia de una época de certezas que ya no existe) sólo provoca inhibición para el encuentro, al no tener asegurado el éxito de la solución que pueden proponer.

Se trata para los padres de llegar a comprender que no hay un manual de uso, sólo soluciones que cada uno inventa ante una vivencia que nadie puede determinar o anticipar, y que el ejercicio de un poder es sólo la otra cara de la impotencia. Como expresaba Jacques Lacan, “cuando hay impotencia para sostener el poder de la palabra hay ejercicio del poder”.

La transmisión que tenemos que hacer a nuestros jóvenes será tanto más eficaz cuanto esté  sostenida en el respeto y la responsabilidad. En este sentido, es claro que los actos deben tener consecuencias, sin que se entienda por esto que es lo punitivo la única respuesta que se le pueda ofrecer, ya que esto cierra toda pregunta sobre el propio acto. Poder responder por sus actos, asumir sus efectos aceptando que algo en dirección a la vida se ganó, pero que esto no fue sin pérdida. Toda elección, toda decisión conlleva, sí o sí, una pérdida. Se trata entonces, como dijo el psicoanalista Germán García, “de enseñarle a un sujeto –si se puede decir que se enseña algo en un análisis- a perder lo que conviene”

Lic. Alejandra Borla

Directora del Centro Freud – Asesora de Atención Analítica

aleborla@yahoo.com.ar


 

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